Blood of the Old Gods

El viento aullaba, un lamento que resonaba por los valles de cristal. Abajo, el pequeño reino de Aethelgard se acurrucaba alrededor de su aguja central, con luces parpadeando contra la nieve arremolinada. Arriba, la mano de un dios olvidado se alzaba imponente, con los dedos cubiertos de escarcha.

El príncipe Theron, el último del linaje de Aethelgard, se mantuvo desafiante sobre la aguja de hielo, con la mirada fija en la mano colosal. El destino de su pueblo descansaba sobre sus hombros, un peso más pesado que cualquier corona. Conocía la profecía, la leyenda de la Sangre de los Dioses Antiguos, su única esperanza de salvación.

—La sangre —murmuró Theron, trazando las antiguas runas talladas en la gélida superficie de la aguja. Elara, la erudita real, se apresuró a su lado, su aliento empañándose en el aire gélido—. Las leyendas hablan de una fuente de poder fuera de nuestro globo, una fuerza ligada a los dioses mismos —explicó, ajustándose las gafas.

De repente, el suelo tembló. Una fisura se abrió en el hielo, partiendo el reino en dos. El pánico estalló cuando los edificios se derrumbaron y la aguja gimió bajo la tensión. El dios olvidado se agitó, sus dedos temblaron.

Theron se tambaleó, aferrándose a Elara en busca de apoyo. "¡Está sucediendo!", gritó, su voz apenas audible por encima del caos. Los ojos de Elara se abrieron de miedo. "La profecía... ¡dijo que el dios despertaría cuando Aethelgard estuviera al borde de la destrucción!"

"¡No hay tiempo para el miedo!", gritó Theron, tirando de Elara hacia los establos. "Como dijo Franklin Roosevelt: 'A lo único que tenemos que temer es al miedo mismo'. Debemos seguir la profecía". Agarró a su corcel, Bóreas, un majestuoso lobo blanco. "¡Cabalgamos por la Sangre de los Dioses Antiguos!"

Corrieron a través del paisaje fracturado, esquivando escombros que caían y ciudadanos aterrorizados. Bóreas saltó abismos, sus poderosas patas devorando el suelo. "¡Las Cuevas de Cristal!", gritó Elara, señalando una escarpada cadena de montañas de hielo en la distancia. "¡La entrada está escondida dentro!".

De repente, una figura colosal descendió del cielo, bloqueando su camino. Era un fragmento del dios mismo, un avatar de ira congelada, envuelto en una niebla helada. Sus ojos ardían con un poder ancestral, fijos en el príncipe que huía.

"¡No puedes escapar de tu destino, Therón!", rugió el avatar, con voz como el crujido de glaciares. Una ola de energía helada surgió de su mano, estrellándose contra el suelo frente a ellos. Bóreas se encabritó aterrorizado, casi desmontando a su jinete. "¡Debemos luchar!", gritó Therón, desenvainando su espada ancestral, Colmillo Gélido.

El avatar lanzó una andanada de esquirlas de hielo, cada una afilada como una navaja. Therón las desvió con Colmillo Gélido, la antigua hoja zumbando con poder. La lucha era desesperada, el destino de Aethelgard pendía de un hilo.

Elara, sabiendo que no podía igualar el poder del avatar, buscó una debilidad. Recordó un pasaje de un antiguo pergamino: "La sangre de los Dioses Antiguos fluye donde el cristal canta". Vio las cuevas y tuvo una idea. "¡Theron, las cuevas, encuentra el cristal!"

"Pero Elara...", comenzó Theron, con la preocupación grabada en su rostro, pero Elara lo interrumpió. "¡Ve! Lo distraeré todo el tiempo que pueda. ¡Encuentra la Sangre de los Dioses Antiguos!". Con renovada determinación, Theron espoleó a Bóreas hacia las Cuevas de Cristal, dejando a Elara para enfrentarse sola al avatar.

Cada vez más profundo en las cuevas se adentró Therón, su lobo saltando con destreza por los caminos helados. Cuanto más viajaba, más cálido se ponía, pero más peligroso se volvía el camino. ¿Encontraría la Sangre de los Dioses Antiguos a tiempo?

Elara estaba demostrando no ser rival para el Avatar, constantemente derribada por ráfagas heladas, pero siempre volviendo a levantarse. La energía del Avatar era demasiado abrumadora. "Ya no puedo retenerte". Elara se sentía agotada.

Finalmente, Therón irrumpió en una vasta caverna, con el aire vibrando con una luz etérea. En el centro se alzaba un cristal colosal, pulsando con energía. A medida que Therón se acercaba, el cristal cantó, una melodía que resonó por toda la cámara.

Cuando Theron llegó al cristal, lo tocó, y un torrente de recuerdos lo invadió. Vio a sus ancestros, el ascenso y la caída de Aethelgard, y la verdadera naturaleza de los Dioses Antiguos. Ahora lo había entendido. Debía tomar una decisión.

O puede tomar el poder del cristal para sí mismo, salvando a Aethelgard pero convirtiéndose en un tirano... o puede sacrificar el cristal, destrozando su mundo y dándole al reino la oportunidad de reconstruirse en otro lugar. Theron tomó aliento, luego con todas sus fuerzas desenvainó a Colmillo Gélido.

Con un grito final, Theron blandió Colmillo Escarchado, destrozando el cristal en mil pedazos. La caverna estalló en luz, la energía surgiendo hacia afuera. El cristal le dio el poder de devolver Aethalgard al mundo para que renaciera.

De vuelta en el reino destrozado, Elara observó asombrada cómo el avatar se disolvía en copos de nieve, y la tormenta se desvanecía. La mano colosal de arriba tembló, luego se retrajo lentamente, dejando atrás el globo de nieve. "Theron...", susurró ella, sabiendo lo que él había sacrificado.

La bola de nieve, ahora vacía, yacía anidada en la palma del dios olvidado. La mano se cerró, acunando el globo, una promesa silenciosa de renacimiento. Quizás algún día, Aethelgard se levantaría de nuevo, un testimonio del coraje de su príncipe. Los dioses nunca olvidan.