The Nightmare by Henry Fuseli (London, UK — 1781) — Leer en español
Los títulos de las historias todavía aparecen en inglés; el texto de cada historia está en español.

Desde el solitario faro al borde de un mar pintado, donde las sombras se alargan y el viento susurra cuentos antiguos, volvemos la mirada a un momento crucial en la historia del arte. Aquí, un lienzo palpita con una energía oscura, una visión extraída de los más profundos recovecos del subconsciente. "Lo llamaron monstruoso, incluso obsceno", murmuró Henry Fuseli, con los ojos fijos en el lienzo, "pero ¿qué es el arte si no el espejo que se sostiene ante nuestro yo oculto, ante los sueños y terrores que no nos atrevemos a pronunciar en voz alta?" Dato artístico: "La pesadilla" de Henry Fuseli, pintada en Londres en mil setecientos ochenta y uno, mide ciento uno punto seis centímetros por ciento veintiséis punto siete centímetros (cuarenta pulgadas por cuarenta y nueve punto nueve pulgadas) y se encuentra en el Detroit Institute of Arts. Tras su exhibición, causó sensación, impactando al público con su temática mórbida pero cautivándolos con su crudo poder emocional. Esta pintura es considerada una precursora del Romanticismo e incluso del Surrealismo, explorando temas del subconsciente y los terrores nocturnos mucho antes del psicoanálisis.

Antes de que las monstruosas visiones se apoderaran del lienzo, primero se filtraron en la mente de Fuseli a través de cuentos antiguos y leyendas susurradas. Fue un erudito antes que un artista, inmerso en el oscuro romanticismo del folclore del norte de Europa. "Las viejas historias hablan de la Mara", exclamó el joven Fuseli, aferrando un volumen andrajoso en un rincón tranquilo de una biblioteca de Zúrich, "un demonio que cabalga sobre el pecho del durmiente, robándole el aliento y retorciendo sus sueños en tormento".

El viaje de Fuseli a Roma, el epicentro del arte clásico, tenía como objetivo refinar su ojo académico. Sin embargo, en medio del sereno mármol y las formas idealizadas, un espíritu rebelde se agitó, buscando una verdad más profunda e inquietante. "Los antiguos entendían el heroísmo, la belleza", declaró Fuseli a un compañero artista en una bulliciosa plaza romana, gesticulando salvajemente, "pero ¿dónde está la pasión, el terror, la sublime distorsión que agarra el alma? ¡Debemos encontrar lo nuevo sublime!".

La emoción pura que impulsó "La pesadilla" no era meramente un estudio académico; era una agonía profundamente personal. La pasión intensa y no correspondida de Fuseli por Anna Landolt, una mujer suiza, encontró su salida grotesca en su lienzo. "¡Anna, mi amor, mi tormento!", susurró Fuseli, apretando una carta arrugada contra su pecho en su tenue alojamiento de Londres, "Tu imagen persigue mis pensamientos despiertos y llena mis noches de sueños de anhelo desesperado".

Fuseli no solo ilustró pesadillas; las encarnó. Se adentró en tratados médicos y el folclore, mezclando la comprensión científica de la parálisis del sueño con antiguas supersticiones, dando forma aterradora a lo invisible. "Lo llaman una 'opresión en el pecho', una enfermedad de los humores", murmuró Fuseli, hojeando un antiguo texto médico, "pero la gente sabe más. Es un demonio, un peso, una manifestación de nuestro miedo más profundo y primordial".

El verdadero avance residió en la audaz decisión de Fuseli de representar el cuerpo humano no como una forma idealizada, sino como un recipiente de terror y distorsión psicológica. Dobló la anatomía clásica para servir a la verdad emocional. "¡No, no, no perfecto!", exclamó Fuseli, con la voz aguda por la frustración, mientras señalaba un dibujo preliminar de la pose de la mujer dormida. "¡Las extremidades deben ser de plomo, la cabeza echada hacia atrás, una agonía de entrega total a la fuerza invisible!".

El infame caballo, con sus ojos luminosos y su presencia agresiva, no era un mero detalle, sino un potente símbolo. Era la "pesadilla" hecha manifiesta, irrumpiendo del subconsciente al mundo tangible del lienzo. "El terror no está meramente sobre su pecho", reflexionó Fuseli, con los ojos brillando en la tenue luz de su estudio, "¡sino que la rodea, invade su espacio! ¿Y qué mejor símbolo de una pesadilla invasora que la bestia misma, una fuerza salvaje e indómita de los oscuros recovecos?".

Con meticulosa precisión, Fuseli aplicó capas de veladuras oscuras, contrastándolas con marcados puntos de luz. Esta técnica, casi similar al claroscuro de Caravaggio, amplificó el inquietante drama y la profundidad psicológica de la pintura. "La oscuridad no es meramente una ausencia de luz", explicó Fuseli a su conocido, el editor de grabados John Boydell, con voz baja, "sino una presencia, un velo del subconsciente, que hace el terror más vívido, más palpable".

Cuando "La pesadilla" se exhibió por primera vez en la Royal Academy, desató un torrente de reacciones polarizadas. Algunos retrocedieron con disgusto, otros quedaron mórbidamente fascinados, reconociendo una verdad inquietante sobre la naturaleza humana. "¡Es absolutamente impactante, señor!", exclamó un caballero desconcertado, abanicándose con una mano, a su compañera Lady Eleanor. "¡Qué imaginería tan grotesca! Sin embargo, confieso... ¡no puedo apartar mis ojos de ella!".

Hoy, "La pesadilla" se erige como un testamento al genio singular de Fuseli, una premonición escalofriante de la exploración psicológica. Su legado resuena no solo a través de la historia del arte, sino también a través de la literatura, el psicoanálisis y la forma misma en que entendemos nuestros sueños. "Los sueños de la mente, cuando se dejan sin ataduras, pueden crear monstruos más reales que cualquier terror de la vigilia", reflexionó un historiador de arte contemplativo, de pie ante el poder perdurable de la pintura. "Fuseli entendió que una verdad cruda y psicológica a menudo habla más fuerte que cualquier ideal clásico".