A Day in Ancient Rome

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Aulo y su mejor amiga, Aurelia, corrían por el Foro, esquivando a senadores y mercaderes. La luz del sol calentaba las antiguas piedras bajo sus pies descalzos. Aulo, siempre ansioso por una aventura, vio algo que brillaba cerca del Templo de Júpiter. "¡Aurelia, espera!", gritó, ya corriendo. Aurelia, siempre cautelosa, suspiró y se apresuró tras él, sus sandalias golpeando el mármol. "¡Aulo, más despacio! ¿Y si es una trampa?", gritó ella. Él siempre se metía en problemas. Pero eso era lo que hacía que sus días juntos fueran tan emocionantes.

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Aulo alcanzó la fuente del destello: una pequeña caja de madera intrincadamente tallada. Estaba medio enterrada en el polvo, cerca de una columna caída. "¡Mira, Aurelia!", exclamó, levantando la caja. Aurelia la miró con escepticismo. "¿Pero qué es? ¿Y por qué está aquí?", preguntó. Aulo se encogió de hombros, sus ojos brillando con curiosidad. Intentó abrir la caja, pero estaba cerrada con llave. Notó algo más: "Hay una inscripción aquí, pero no puedo leerla". PERO al tocar la caja, un tenue resplandor azul la envolvió.

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La caja empezó a zumbar suavemente. De repente, una anciana arrugada con brillantes ojos azules apareció ante ellos. Vestía sencillas túnicas marrones y se apoyaba en un bastón de madera nudoso. "La caja los ha elegido a ustedes", graznó, su voz como hojas secas susurrando. "Contiene un secreto, una tarea". Aulo, a pesar de su valentía, sintió un escalofrío recorrer su espalda. Aurelia, siempre práctica, dio un paso adelante. "¿Qué tipo de tarea?", preguntó. "¡POR LO TANTO, deben encontrar la llave!", croó la mujer.

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"¿La clave de qué?", preguntó Aulo, con la voz temblorosa. La anciana sonrió, una red de arrugas extendiéndose por su rostro. "La clave para entender. Para ver más allá de lo visible. Para desvelar el verdadero corazón de Roma". Señaló hacia el Palatino. "Está escondida allí. Pero ten cuidado, porque el camino está custodiado". Con un remolino de sus túnicas, desapareció. "Bueno", dijo Aurelia, ajustándose la estola. "Supongo que vamos al Palatino". Se pusieron en marcha, con la caja brillante fuertemente apretada en las manos de Aulo.

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Mientras subían al Monte Palatino, se encontraron con un viejo y gruñón jardinero que cuidaba un rosal. "¿Perdidos, eh?", refunfuñó, sin levantar la vista. "Esta colina está llena de ruinas, nada más que polvo y recuerdos". Aulus, envalentonado por la búsqueda, preguntó: "¿Sabe algo de una llave, una llave escondida?". El jardinero dejó de podar, entrecerrando los ojos. "¿Una llave, dices? Algunos dicen que el propio Rómulo enterró un secreto aquí, algo que protege la ciudad". Señaló una gruta escondida detrás de los rosales. "Podría valer la pena echar un vistazo", susurró.

Se deslizaron detrás de los rosales y encontraron la gruta, su entrada oculta por la hiedra. Dentro, el aire era fresco y húmedo. Aulo levantó la caja, su resplandor intensificándose. La gruta conducía a un túnel oscuro. "Esto es", susurró Aulo. Aurelia dudó. "¿Pero y si hay... trampas?", le susurró ella de vuelta. De repente, un profundo gruñido resonó desde el túnel. Un perro masivo de tres cabezas emergió, sus ojos brillando en rojo. La caja se le escapó a Aulo de las manos, cayendo con estrépito al suelo de piedra. POR LO TANTO, corrieron por sus vidas.

Volvieron al jardín a toda prisa, jadeando. "Eso estuvo... cerca", jadeó Aurelia. Aulo se sentía fatal. "¡Todo es culpa mía! ¡Se me cayó la caja!". Aurelia le puso una mano en el hombro. "Necesitamos un plan", dijo con firmeza. "Ese perro está custodiando algo. Tenemos que encontrar una forma de distraerlo". Aulo miró a su alrededor. Vio un laúd apoyado en el cobertizo del jardinero. "Tengo una idea", dijo, con una chispa de esperanza en los ojos. "¡Mi padre me enseñó a tocar!". Cogió el laúd. "¡Vamos a tocar música para calmar a la bestia!".

Aulo regresó a la gruta, Aurelia a su lado. Respiró hondo y empezó a tocar. La música era suave y delicada. El perro de tres cabezas, que al principio gruñía, se detuvo, sus ojos rojos se suavizaron. La música tejió un hechizo de calma a su alrededor. Aulo siguió tocando, volcando su corazón en cada nota. Lentamente, el perro se tumbó, sus gruñidos disminuyeron hasta convertirse en suaves gemidos. "La amabilidad es la clave para abrir cualquier corazón", susurró Aurelia. Aulo siguió tocando, y el perro finalmente se quedó profundamente dormido.

Pasaron de puntillas junto al perro dormido y recuperaron la caja. Esta vez, Aurelia la abrió con cuidado. Dentro, sobre un lecho de terciopelo, no había oro ni joyas, sino una sencilla tablilla de arcilla. En ella estaba inscrita una sola palabra: "Compasión". Aulo y Aurelia intercambiaron miradas perplejas. Tocaron la tablilla, y una ola de calor los invadió. De repente, comprendieron. El verdadero corazón de Roma no residía en su poder o sus riquezas, sino en su bondad.

Salieron de la gruta, dejando al perro durmiendo sin ser molestado. Mientras caminaban de regreso por el Foro, vieron la ciudad con nuevos ojos. Vieron la amabilidad de un comerciante ayudando a una anciana, las risas de los niños jugando juntos, los senadores debatiendo por el bien de Roma. Aulo sonrió. Se dio cuenta de que el verdadero coraje no era solo enfrentar el peligro, sino mostrar compasión. Aurelia le apretó la mano. La caja, que ahora irradiaba un suave calor, se sentía ligera en sus manos. Caminaron hacia el futuro de Roma, juntos.