Einstein's Wild Thought Experiment

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Mientras el sol se ponía detrás de las Marin Headlands, Amara y su padre estaban de pie en los escalones de la Everett Middle School. "¡Mira!", dijo Amara, su aliento empañándose en el fresco aire de San Francisco. "¡Casi ha desaparecido! ¿Lo estamos viendo desaparecer ahora mismo, en este mismo segundo?". Su padre sonrió, ajustando la correa de su mochila en el hombro de ella. "Esa es una pregunta fantástica, Amara, pero la respuesta es un poco extraña".

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"¿Qué quieres decir?", preguntó Amara, arrugando la nariz. Su padre señaló hacia el último rayo de sol. "Bueno, la luz tiene que viajar desde el Sol para llegar a nuestros ojos, y no es instantáneo. De hecho, ¡ese viaje de luz dura exactamente ocho minutos y veinte segundos!". Tocó su reloj para enfatizar. "Así que, el sol que vemos desaparecer en realidad se puso hace más de ocho minutos".

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Amara imaginó ese rayo de luz, corriendo a través de la oscuridad del espacio. Esa idea encendió otra, un viaje al pasado, a una ciudad diferente llena de campanarios y adoquines. El año es mil novecientos cinco, en Berna, Suiza. En un pequeño apartamento, un joven estaba lidiando con esa misma idea: la velocidad de la luz.

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Su nombre era Albert Einstein, y mientras trabajaba en una oficina de patentes, su mente a menudo estaba en otro lugar. No pensaba en patentes de máquinas de coser o máquinas de escribir. Estaba ocupado realizando experimentos salvajes dentro de su propia imaginación, haciendo preguntas que nadie más pensaba en hacer.

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"¿Qué pasaría si pudiera viajar en un rayo de luz?", se preguntó, mirando por la ventana. El joven Einstein sabía que cuestionarlo todo era la clave para entender. Como diría más tarde: "Lo importante es no dejar de cuestionar. La curiosidad tiene su propia razón de existir".

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En su mente, corría junto a una onda de luz, moviéndose a una velocidad imposible a través del cosmos. Si sostenía un espejo, ¿qué vería? Razonó que, dado que viajaba a la misma velocidad que la luz, la luz de su rostro nunca llegaría al espejo, ¡y su reflejo desaparecería! Este simple experimento mental lo llevó a una conclusión revolucionaria: la velocidad de la luz es una constante, un límite de velocidad cósmico que nada puede exceder.

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Esta idea alucinante cambió todo sobre cómo vemos el universo, desde el tiempo y el espacio hasta la gravedad misma. Hoy en día, la teoría de la relatividad de Einstein es esencial para las tecnologías que usamos a diario. Los satélites GPS que orbitan la Tierra se mueven tan rápido que sus relojes internos en realidad marcan un poco más lento que los relojes en tierra; sin corregir la relatividad, el GPS de tu teléfono estaría equivocado por varios kilómetros cada día.

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De vuelta en el fresco crepúsculo de San Francisco, los ojos de Amara se iluminaron. "¡Guau!", exclamó, volviéndose hacia su padre. "¡Así que cuando vimos desaparecer el sol, estábamos mirando ocho minutos en el pasado!" Su padre sonrió, asintiendo con orgullo. "¡Exacto! Estabas viajando en el tiempo, solo con mirar al cielo."

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"¡Y por eso funciona el GPS!", continuó Amara, con sus pensamientos acelerados. "Los satélites son como pequeños relojes que vuelan súper rápido, así que su tiempo se vuelve un poco extraño, ¡justo como Einstein imaginó!" Su padre sacó su teléfono, mostrándole el mapa. "Así es", dijo. "Cada vez que usas esto para encontrar el camino a The Grind para tomar chocolate caliente, estás usando la loca idea de Einstein".

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Así que el tiempo y el espacio están conectados, y pueden cambiar dependiendo de la velocidad a la que te muevas —resumió Amara, con la mente zumbando—. Esa es la gran idea —asintió su padre, colocando su mano sobre su cabeza. Luego recogió una pequeña piedra de los escalones—. Pero eso lleva a una pregunta aún más grande: si la velocidad puede doblar el tiempo, ¿qué le hace la gravedad?