The Blue Fairy

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Una puerta diminuta y olvidada brillaba en el corazón del bosque antiguo, su superficie de madera resplandecía con una tenue luz de zafiro. Ningún camino conducía a ella, ninguna marca indicaba su propósito y, sin embargo, allí estaba, atrayendo con una promesa silenciosa. Elara, la hija de un joven leñador, tropezó con ella mientras perseguía a una ardilla traviesa, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y una curiosidad abrumadora.

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Elara dudó, sus dedos rozando la madera fría y lisa de la puerta. ¿Qué secretos había más allá? ¿Qué peligros acechaban en lo desconocido? Pero la atracción era demasiado fuerte para resistir. Con una respiración profunda, abrió la puerta, revelando no un pasaje, sino un torbellino de luz cerúlea. La ardilla que había estado persiguiendo se asomó desde su cesta.

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Mientras Elara cruzaba el umbral, se encontró en un reino de islas flotantes y ríos de cristal. Sobre ella, un cielo brillaba con mil tonos de azul. "Bienvenida, Elara", resonó una voz suave. Ante ella se encontraba una mujer con piel como la luz de la luna y cabello como luz de estrellas tejida. Llevaba un vestido suelto de seda añil, adornado con diminutas campanillas de plata. Esta era el Hada Azul.

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"Has sido elegida, Elara," dijo el Hada Azul, con voz como el tintineo de campanas. "Para proteger el duramen del Sauce Susurrante." Extendió un pequeño vial lleno de un líquido azul brillante. "Pero ten cuidado, el duramen reacciona solo a las intenciones puras. La deshonestidad lo convertirá en polvo." Elara aceptó cuidadosamente el vial, aferrándose a él con fuerza.

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Elara viajó por el reino resplandeciente hasta que llegó al Sauce Susurrante, cuyas ramas estaban cargadas de hojas luminosas y azules. Al acercarse, una voz se deslizó desde las sombras. "¿Una simple muchacha, a quien se le confía tanto poder?" Una criatura con ojos esmeralda y escamas como obsidiana pulida emergió, extendiendo una reluciente moneda de oro. "¿Solo una pequeña muestra de riqueza, pequeña, por un secreto no compartido?"

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Elara dudó. La moneda brillaba con una luz etérea, prometiendo calidez y consuelo para su familia. Sus dedos se crisparon hacia ella. "Mi madre necesita zapatos nuevos", pensó, "y mi padre...". Pero las palabras del Hada Azul resonaron en su mente. Con voz temblorosa, dijo: "No puedo traicionar mi confianza. El duramen es más precioso que cualquier oro".

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La criatura serpentina silbó, retrocediendo. "¡Muchacha tonta!", escupió. "¡Te arrepentirás de esto!". Desapareció entre las sombras, dejando a Elara sola ante el Sauce Susurrante. Se acercó al árbol, con el corazón latiéndole con fuerza, y vertió el líquido azul sobre sus raíces. El árbol se estremeció, sus hojas azules brillando más que nunca.

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De repente, el suelo empezó a temblar. Las hojas del Sauce Susurrante se marchitaron y se convirtieron en ceniza. Elara jadeó. ¿Había fallado? "No soy nada", suspiró una voz débil. "Mi duramen se está desvaneciendo. Solo un verdadero acto de sacrificio puede restaurarme". Elara miró a su alrededor desesperadamente. ¿Qué podría dar ella?

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"Recuerdo haber leído", exclamó Elara, "que Helen Keller dijo una vez: 'Las mejores y más bellas cosas del mundo no se pueden ver ni tocar, deben sentirse con el corazón'. ¡Eso es lo que necesita el sauce!". Cerrando los ojos, Elara tocó el sauce, derramando todo su amor y empatía en el árbol. "Te doy mi corazón", susurró, "mi honestidad, mi compasión".

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El Sauce Susurrante floreció de nuevo, sus hojas azules más brillantes que nunca. Elara abrió los ojos, con el corazón lleno de calidez. El Hada Azul apareció a su lado, sonriendo. "Has demostrado tu valía, Elara. Has aprendido que el verdadero valor no reside en el oro, sino en la honestidad de tu corazón". Y así, Elara regresó a casa, cambiada para siempre por el reino azul y la lección del sauce.