The Protestant Reformation — Germany & Europe (1517, Germany & Europe)

Treinta y uno de octubre de mil quinientos diecisiete. Martín Lutero, un monje y profesor alemán, clava sus Noventa y cinco Tesis en la puerta de la Iglesia del Castillo de Wittenberg, un acto de desafío que se extiende por toda Europa. El Papa León Décimo, cabeza de la Iglesia Católica, es tomado por sorpresa por el desafío resultante a la autoridad papal. Federico Tercero, Elector de Sajonia, protege astutamente a Lutero, percibiendo una oportunidad para afirmar el poder regional. ¿Cómo encendieron estos eventos una tormenta religiosa que remodeló el continente?

En Roma, el Papa León Décimo contempló la opulencia del Vaticano. Se volvió hacia el Cardenal Cayetano, su consejero de confianza. "La Iglesia se ha vuelto decadente, Thomas", suspiró León, ajustándose su mitra enjoyada. "Las indulgencias, la simonía... estas prácticas erosionan la fe. Este monje alemán advenedizo amenaza los cimientos mismos de nuestra autoridad y, por lo tanto, la riqueza de la propia Iglesia".

Martín Lutero estaba de pie ante sus estudiantes en la Universidad de Wittenberg. "La Biblia es la máxima autoridad, no el Papa", declaró apasionadamente, levantando un gastado libro encuadernado en cuero. Lo golpeó contra el atril. "Erasmo de Rotterdam dijo: 'El deseo de escribir crece con la escritura', ¡y yo escribiré hasta que mi voz sea escuchada!". Sus estudiantes garabatearon notas furiosamente, sus rostros iluminados por la parpadeante luz de las velas.

Federico Tercero se reunió con sus consejeros en las cámaras de su castillo. "Las ideas de Lutero desafían el poder de la Iglesia", dijo, acariciándose la barba pensativamente. "¡Pero Roma desangra nuestras tierras con impuestos e indulgencias! Apoyarlo podría debilitar su control y fortalecer a Sajonia. Le concederé santuario si lo necesita de la iglesia corrupta".

En la Dieta de Worms en mil quinientos veintiuno, Johann Eck, un nuncio papal, se enfrentó a Lutero. "¿Te retractarás de tus escritos, Lutero?", exigió Eck, con la voz resonando por el salón. Lutero se mantuvo firme. "A menos que sea convencido por la Escritura y la razón pura –no acepto la autoridad de papas y concilios, porque a menudo se han contradicho entre sí– mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, porque ir en contra de la conciencia no es ni correcto ni seguro. Dios me ayude. Amén."

Mientras tanto, Ulrico Zuinglio, en Zúrich, predicaba reformas similares. Se dirigió a una multitud: "¡La Iglesia debe volver a la sencillez de los Evangelios!", tronó Zuinglio, levantando el puño. "Las imágenes y los rituales distraen de la verdadera fe. ¡Debemos desechar los excesos mundanos y abrazar la palabra de Dios!".

Juan Calvino en Ginebra solidificó el movimiento protestante. A sus seguidores les dijo: "¡La soberanía de Dios es absoluta. Estamos predestinados para la salvación o la condenación!". Les mostró sus escrituras. "Nuestras vidas deben reflejar la gloria de Dios a través de la disciplina y el trabajo duro".

La Guerra de los Campesinos Alemanes estalló en mil quinientos veinticuatro. Thomas Müntzer, un predicador radical, los incitó. "Cuando la injusticia se convierte en ley, la resistencia se convierte en deber", como diría Thomas Jefferson siglos después", proclamó a una masa de campesinos enfurecidos. "¡Apoderáos de las tierras y derrocad a los señores! ¡Dios está de nuestro lado!".

La Paz de Augsburgo en mil quinientos cincuenta y cinco ofreció una tregua frágil. Carlos Quinto, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se dirigió a los príncipes reunidos. "Cuius regio, eius religio – de quien es la región, de él es la religión. ¡Que cada gobernante determine la fe de su territorio!" Habló con resignación. "Que esto traiga paz a nuestras tierras fracturadas... al menos por ahora."

Siglos después, Europa sigue dividida, pero transformada. Iglesias protestantes salpican el paisaje, un testimonio del legado perdurable de la Reforma. El poder del papado disminuye para siempre. La libertad intelectual y religiosa florecen, encendiendo nuevas ideas y desafiando viejas tradiciones. Las semillas de la Europa moderna habían sido sembradas.