Demons (The Possessed) — Fyodor Dostoevsky

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Stepán Trofímovich Verjovenski, el huésped perpetuo y célebre intelectual, se ajustó nerviosamente las gafas, intentando transmitir una profunda desesperación mientras Varvara Petrovna Stavrogina paseaba por su opulento salón. "Mi querido Stepán, tu última desesperación es sencillamente tediosa", declaró ella, deteniéndose abruptamente y fijándolo con una mirada formidable. Él balbuceó: "¡Pero Varvara Petrovna, el alma misma de Rusia está en juego!". Ella simplemente se burló, indicando a un sirviente que arreglara flores frescas con un imperioso movimiento de su mano.

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El regreso de Nikolai Vsevolodovich Stavrogin lanzó un hechizo silencioso y electrizante sobre la tranquila ciudad provincial. Bajó la gran escalera, sus ojos oscuros y penetrantes examinando a la compañía reunida con un aire inquietante y distante. "Nikolai, por fin estás en casa", murmuró Varvara Petrovna, con la voz teñida de una compleja mezcla de orgullo y aprensión. Stepan Trofimovich, aferrando un viejo volumen, se inclinó hacia un invitado sobresaltado, susurrando: "¡Es una enfermedad, les digo, este anhelo moderno por el caos! Una vez leí sobre las primeras células revolucionarias, siempre estructuradas como 'células de cinco hombres' clandestinas, ¡tan fácilmente corruptibles!".

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Pyotr Stepanovich Verkhovensky, todo energía nerviosa y miradas astutas, llegó e inmediatamente comenzó a reunir un círculo secreto de jóvenes impresionables en el estudio tenuemente iluminado. Se inclinó cerca, su voz un susurro conspiratorio, prometiendo un futuro glorioso nacido de la destrucción. "¡Derribaremos todo, amigos míos, porque la verdadera libertad comienza con la liberación absoluta!", declaró, sus labios retorciéndose en una sonrisa inquietante. Ivan Shatov, sin embargo, se mantuvo apartado, observando con el ceño fruncido, sus anchos hombros tensos, sintiendo los matices siniestros bajo las promesas fervientes y agitadas de Pyotr.

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La muy anticipada fiesta provincial se disolvió en un caos espectacular, un torbellino de pretensiones sociales y pasiones latentes. Lizaveta Nikolaevna Tushina, abrumada por el escrutinio público y sus propias emociones conflictivas, lanzó un grito desesperado, colapsando dramáticamente entre los jadeos horrorizados de los invitados elegantemente vestidos. Nikolai Vsevolodovich Stavrogin observó el espectáculo que se desarrollaba con un desapego casi aburrido, mientras Pyotr Stepanovich, con una leve y calculadora sonrisa en los labios, se movía sutilmente entre la multitud, avivando hábilmente las llamas de la discordia en su beneficio.

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En una habitación apartada y tenuemente iluminada, la angustia de Iván Shatov estalló al confrontar a Nikolái Stavrogin, agarrándole el brazo con desesperación. "¿Todavía crees que Dios es necesario para Rusia, Nikolái?", exigió Shatov, con sus ojos grises y hundidos ardiendo de convicción y sufrimiento, su rostro marcado por el tormento. Nikolái, alto e impasible, se limitó a mirar a Shatov, sus intensos ojos oscuros conteniendo un vacío tácito y profundo, su silencio confirmando un devastador vacío espiritual que Shatov ahora reconocía plenamente.

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Llamas, naranjas y voraces, devoraron el pueblo, proyectando un brillo infernal contra el cielo nocturno mientras el pánico se apoderaba de la aterrorizada población. El calculado caos de Pyotr había encendido un fuego devastador, sumiendo el mundo provincial en un desorden absoluto. Varvara Petrovna, aunque conmocionada, ladraba órdenes a sus sirvientes que huían, intentando salvar lo que podía de su propiedad y dignidad. Lizaveta Nikolaevna, atrapada trágicamente en la vorágine, corría por las calles llenas de humo, su elegante vestido manchado, su rostro cubierto de hollín y desesperación, buscando desesperadamente escapar de la pesadilla creciente.

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Bajo el amparo de una noche sin luna, Pyotr Stepanovich, con el rostro sombrío y decidido, reunió a sus desesperados co-conspiradores en un parque apartado y cubierto de maleza. Una única y temblorosa linterna proyectaba sus rostros en sombras grotescas mientras él esbozaba su escalofriante plan. "Sabe demasiado; debe ser silenciado antes de que nos exponga a todos", siseó Pyotr, sus ojos brillando con una resolución implacable mientras señalaba el sendero oscuro. Inconsciente del peligro que acechaba, Ivan Shatov se acercó al claro, sus pesados pasos amortiguados por el susurro de las hojas, sus ojos hundidos buscando en la oscuridad.

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Con un brillo frío y triunfante en sus ojos, Pyotr Stepanovich observó, con las manos juntas, cómo sus desesperados co-conspiradores emboscaban brutalmente a Ivan Shatov junto al estanque oscuro y estancado. "¡Recordad la 'célula de cinco hombres'! ¡Secreto absoluto, disciplina absoluta!", siseó Pyotr, recordando la anécdota anterior de Stepan Trofimovich, reforzando el código despiadado y vinculante de su grupo revolucionario. Shatov luchó con inmensa fuerza, sus ojos hundidos y muy abiertos por el terror, sus gritos ahogados mientras era dominado sin piedad y atado a una pesada piedra, condenado a una tumba acuática.

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Nikolai Vsevolodovich Stavrogin estaba sentado completamente solo en su desolada habitación, el profundo cansancio de su existencia grabado profundamente en su llamativo y pálido rostro. Tenía las manos fuertemente entrelazadas sobre el regazo, los hombros caídos. El aplastante vacío de sus acciones, el abismo nihilista dentro de él y la ruina que había sembrado en las vidas de otros finalmente convergieron, consumiendo su espíritu en una desesperación silenciosa y asfixiante. Era un hombre que alguna vez rebosó de potencial, ahora prisionero de su propio desapego, completamente aislado en su prisión espiritual autoimpuesta.

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Stepán Trofímovich, frágil y completamente exhausto, caminaba lentamente por un polvoriento y sinuoso camino rural, su gastado abrigo de terciopelo aferrado a su esbelta figura, su precioso libro fuertemente apretado. Se detuvo junto a una anciana campesina, buscando una conexión final. "Como escribió una vez el gran filósofo francés Blaise Pascal: 'El hombre no es más que una caña, la cosa más débil de la naturaleza; pero es una caña pensante'", declaró Stepán Trofímovich, su voz débil pero resuelta. Habló con seriedad del sufrimiento y de la profunda e innegable necesidad de Dios, encontrando un profundo, aunque tardío, despertar espiritual justo antes de su pacífica muerte, un eco de sus ideales perdidos.