The Brown Bear of Norway

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En el corazón de Noruega, enclavada entre fiordos y bosques sombríos, vivía Aella, una doncella con un espíritu más salvaje que el viento. Anhelaba aventuras más allá de su tranquilo pueblo, un deseo tan profundo como los míticos pozos que, según se decía, concedían deseos imposibles. Sin que ella lo supiera, un oso pardo llamado Bjorn deambulaba por esos mismos bosques, atado por una antigua maldición, atrapado para siempre en su forma bestial. Solo un acto de amor desinteresado podría romper el encantamiento, un amor que Aella estaba destinada a descubrir.

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Aella pasaba sus días explorando los límites del bosque, sus ágiles dedos trazando antiguas runas talladas en piedras verticales. Una tarde, un viento feroz azotó los árboles, trayendo consigo susurros que solo ella podía entender. "Cuidado con el oso pardo", pareció gemir, "porque guarda una pena secreta".

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Impulsada por la advertencia del viento, Aella se aventuró más profundamente, siguiendo un rastro de ramas rotas y piedras volcadas. Encontró a Bjorn cerca de un arroyo congelado, su enorme cuerpo atrapado en una trampa de cazador, un cruel hierro mordiéndole la pierna. Aella se acercó con cautela, su corazón latiendo con fuerza. "Tranquilo, bestia", susurró, su voz temblando ligeramente. "No te haré daño".

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Aella trabajó incansablemente, usando su pequeño cuchillo para abrir la trampa, el oso observándola cada movimiento con ojos cautelosos. Mientras le liberaba la pata, Bjorn dejó escapar un gruñido bajo, un sonido que vibró a través de sus huesos. "No tengas miedo", dijo Aella suavemente, ignorando la advertencia. Recordó las palabras de Séneca: "Todo nuevo comienzo proviene del final de algún otro comienzo".

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Una vez libre, Bjorn podría haber huido, desapareciendo en los densos bosques. En cambio, empujó a Aella con la cabeza, un gesto de gratitud que los sorprendió a ambos. Luego se giró y se dirigió pesadamente hacia una cueva oscura, deteniéndose en la entrada como si la invitara a seguirlo. El miedo luchaba con la curiosidad en el corazón de Aella. ¿Debería confiar en la bestia salvaje?

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Impulsada por una creciente sensación de confianza, Aella siguió a Bjorn a la cueva, el aire cada vez más frío con cada paso. En lo profundo, no encontró la guarida de una bestia, sino un manantial oculto, sus aguas brillando con una luz antinatural. Bjorn bajó la cabeza al manantial, luego miró a Aella, como si la instara a beber. ¡Pero el manantial parecía oro tentador!

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"¿Qué es este lugar?", susurró Aella, arrodillándose junto al manantial. Bjorn le empujó la mano hacia el agua. Dubitativa, ella tocó el agua y luego retrocedió. Estaba amargamente fría, mezclada con magia. Bjorn gimió, señalando su reflejo en el manantial: un oso, pero con ojos de hombre.

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Bjorn gruñó, empujando a Aella hacia el agua de nuevo. Quería que bebiera. Ella entendió: la maldición solo podía romperse si otro bebía del manantial encantado, asumiendo la carga sobre sí mismo. ¡Pero eso la transformaría en una osa! ¿Podría sacrificar su vida humana por una bestia?

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Aella cerró los ojos, recordando los ojos amables de Bjorn, la gratitud que le había mostrado. Pensó en lo que dijo Helen Keller: "Las mejores y más bellas cosas del mundo no pueden verse ni tocarse, deben sentirse con el corazón". Con una respiración profunda, Aella bebió del manantial. Una ola de frío la invadió y se desplomó.

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Cuando Aella despertó, se puso de pie sobre dos piernas, no cuatro, y ante ella se encontraba un hombre apuesto. La maldición se había roto. Pero al mirarlo a los ojos, se dio cuenta de que el verdadero amor no se trataba de la forma, sino del acto desinteresado que los había liberado a ambos. Y en ese momento, el bosque conoció la paz.