The Devil with the Three Golden Hairs

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En el caprichoso pueblo de Arboria, enclavado entre las ramas de árboles milenarios y conectado por relucientes puentes arcoíris, vivía un joven llamado Félix. Conocido por su buen corazón, pero maldecido con la desgracia, estaba destinado a un viaje peligroso. Para romper la maldición, tenía que buscar al mismísimo Diablo y recuperar tres cabellos dorados de su ardiente cabeza.

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Un día, mientras recogía hierbas en el bosque susurrante debajo de Arboria, Félix tropezó con una anciana retorcida atrapada debajo de una rama caída. "¡Por favor, ayúdame, joven!", gritó ella, con voz ronca. Félix, a pesar de sus propios problemas, corrió en su ayuda, levantando la pesada rama con sorprendente fuerza. "Gracias", jadeó ella, "por tu amabilidad, te daré indicaciones para llegar al dominio del Diablo".

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La anciana, sacando un pequeño espejo deslustrado de su bolsillo, se lo entregó a Félix. "Este espejo te mostrará el camino a la puerta del Diablo, pero ten cuidado: no solo refleja el camino a seguir, sino también tu propio corazón. Úsalo sabiamente". Félix, estudiando la superficie turbia del espejo, notó un rastro tenue y brillante que se adentraba en la parte más oscura del bosque. "Recuerda lo que dijo Leonardo da Vinci", graznó la anciana. "'Nada fortalece tanto la autoridad como el silencio'. Mantén tus intenciones en secreto".

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Siguiendo la guía del espejo, Félix llegó a un río de corriente rápida, cuyas aguas eran negras como la tinta. Un barquero estaba en la orilla opuesta, con el rostro oculto bajo un sombrero de ala ancha. "Para cruzar", graznó el barquero, "debes ofrecerme algo de valor". Félix, recordando las palabras de la anciana, sabía que no podía ofrecer oro, porque seguramente corrompería su búsqueda. Ofreció, en cambio, su única posesión de verdadero valor: su capa heredada de luz tejida.

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El barquero, sorprendido por el acto desinteresado de Félix, aceptó la capa. Mientras Félix subía al destartalado bote, el barquero le advirtió: "¡Cuidado con el jardín del Diablo! Su fruta dorada encierra ilusiones que tientan incluso a las almas más puras". Félix, agarrándose al borde del bote, asintió sombríamente. La corriente del río los arrastró rápidamente hacia el corazón del dominio del Diablo, cada ondulación resonando con una promesa de peligro.

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Saliendo del río, Félix se encontró en un jardín de belleza sobrenatural. Frutas doradas colgaban de árboles plateados, su luz embriagadora. Una voz susurró: "¡Come, Félix! ¡Prueba el poder que te espera!". Él extendió la mano hacia una manzana reluciente, pero la imagen en el espejo se estremeció, mostrándole no poder, sino un reflejo de sí mismo consumido por la codicia. Él retrocedió, dándose cuenta de que la fruta era una prueba de su verdadera naturaleza.

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Avanzando, Félix llegó a la puerta del Diablo, custodiada por tres lobos monstruosos con ojos de carbón ardiente. Gruñeron: "Para pasar, debes responder a nuestra adivinanza: ¿Qué es más fuerte que el mal, más precioso que el oro y esencial para la vida?". Félix, recordando la amabilidad que mostró a la anciana, el acto desinteresado de renunciar a su capa y su resistencia a la tentación, encontró su respuesta.

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"Amabilidad", declaró Félix, su voz resonando a través del desolado paisaje. Los lobos, derrotados por su virtuosa respuesta, se desvanecieron en la sombra. La puerta se abrió con un crujido, revelando un camino ardiente que conducía a la guarida del Diablo. Félix, fortaleciendo su determinación, dio un paso adelante, sabiendo que la prueba final lo esperaba.

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Dentro de la guarida, el Diablo dormía, con la cabeza encendida por tres cabellos de oro. Félix, respirando hondo, arrancó los cabellos uno por uno. Con cada cabello arrancado, el Diablo gemía y murmuraba secretos: "El manantial se ha secado porque un sapo lo bloquea... El árbol no da frutos porque un ratón roe sus raíces... El reino sufre porque el rey no conoce su propio valor..." Félix, memorizando los secretos, huyó de la guarida mientras el Diablo despertaba furioso.

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Al regresar a Arboria, Félix reveló los secretos del Diablo. El sapo fue retirado, el manantial volvió a fluir; el ratón fue atrapado, el árbol dio frutos; al rey se le recordó su verdadero valor, el reino prosperó. Félix, ya no maldecido, encontró la felicidad no en la búsqueda de poder, sino en el uso de su nueva sabiduría para ayudar a los demás. Como dijo Epicteto: "La riqueza no consiste en tener grandes posesiones, sino en tener pocas necesidades".