The Garden of Paradise

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En el corazón de las montañas sombrías yacía Aethel, una aldea escondida aferrada al borde del mundo. Debajo de Aethel, florecía un jardín secreto, un reino de eterna primavera custodiado por el severo protector, Silas. Elara, un alma bondadosa cargada de dudas, anhelaba algo más allá de su aldea. Pero Lysandra, la enigmática oráculo, susurraba sobre un paraíso comprado con sacrificio, una verdad que Elara debía descubrir para salvar ambos mundos.

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Elara se arrodilló en la plaza del pueblo, dibujando los contornos familiares de las casas de Aethel. "Otro día, otro dibujo", retumbó Silas, su voz como un trueno lejano. Hizo una pausa, examinando su trabajo. "¿Por qué siempre miras hacia abajo, niña? Las montañas ofrecen más que piedra".

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«Porque abajo es donde se esconden las historias», replicó Elara, señalando una grieta en los adoquines. «Los antiguos dicen que Aethel descansa sobre el Jardín del Paraíso, un regalo de la tierra misma». Silas se burló. «Leyendas para niños. Ahora ven, el sol se pone; debemos preparar las hogueras».

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Esa noche, Elara soñó con un jardín bañado por la luz del sol, donde los árboles daban frutos de oro puro. Se despertó con un temblor, el anciano del pueblo llamando a Silas. "La fisura se ensancha", graznó, señalando la plaza. "¡El Jardín llama, pero nadie puede entrar!"

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Elara, impulsada por la curiosidad, se acercó sola a la fisura. Un tenue y dulce aroma flotaba desde las profundidades, prometiendo una belleza incalculable. Mientras se asomaba, un destello dorado captó su atención: una sola manzana de oro, justo a su alcance. "¿Qué daño podría hacer tomar una?", pensó.

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Alcanzar, una voz resonó en su mente. "Cada elección tiene su consecuencia". Lysandra, la oráculo, estaba ante ella, con ojos como espejos antiguos. "La abundancia del Jardín no es para tomar, sino para compartir. La codicia marchitará ambos mundos".

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—¡Pero Aethel se muere de hambre! —exclamó Elara, con lágrimas en los ojos—. ¡Las montañas no dan nada! La mirada de Lysandra se suavizó. —La luz del jardín se desvanece a medida que la fisura se ensancha. La respuesta no está en robar sus dones, sino en sanar la división entre tu mundo y el mío.

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Elara recordó un texto antiguo que mencionaba a los fundadores de Aethel y la canción que usaban para sacar vida de la piedra. "No tomaron", se dio cuenta, "ofrecieron". Agarró su carboncillo y esbozó la melodía olvidada en una pared cercana.

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Mientras Elara cantaba la antigua canción, su voz resonando por la aldea, un rayo de luz pura brotó del Jardín. La fisura se cerró, la luz dorada pulsando en Aethel, nutriendo la tierra estéril. Silas observó, atónito, cómo las flores brotaban de las grietas en la piedra.

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Aethel prosperó, nutrida por el don compartido del Jardín. Elara, ya no agobiada por la duda, comprendió: el verdadero paraíso no reside en lo que tomamos, sino en lo que damos. "Como dijo Helen Keller: 'Lo que una vez hemos disfrutado, nunca lo podemos perder. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros'". Y Aethel había ganado más de lo que podría haber soñado, al devolver a la tierra que le dio vida.