The Golden Arm

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En un reino tallado en piedras preciosas y que resonaba con ríos subterráneos vivían tres almas: Elara, la talladora de gemas, impulsada por un anhelo de belleza; Gareth, su esposo, atrapado por el brillo del oro; y la Bruja del Río, guardiana de los secretos de las cavernas. Su historia, susurrada entre las paredes cristalinas, habla del deseo y el precio de los tesoros terrenales. Comienza con un deseo, un brazo de oro y el inquietante recuerdo de un río, prometiendo una riqueza incalculable pero exigiendo un precio terrible. La tranquila tristeza de Elara resonaba a través de los túneles de gemas, un preludio de la tempestad que se gestaba dentro de su frágil santuario.

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Elara trazó las facetas de un rubí, con el ceño fruncido.

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Una tarde, una tormenta rugió en lo alto, su furia resonando por los túneles. Una corriente fría serpenteó por su morada, trayendo consigo el susurro de la Bruja del Río.

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La Bruja del Río extendió una mano esquelética. "Por un brazo de oro, capaz de doblar metal y encontrar gemas, debes ofrecer... una extremidad de igual valor". Gareth dudó solo un momento, mirando a Elara, quien negó con la cabeza con terror silencioso. "¡Hecho!", rugió, agarrando la mano de la Bruja del Río. Un dolor abrasador le desgarró el cuerpo. Miró hacia abajo para ver su brazo izquierdo brillando, transformándose en oro macizo.

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Con su brazo dorado, Gareth desenterró vetas de gemas más allá de sus sueños más salvajes. El oro fluía a sus arcas, pero su toque se volvió frío, su risa hueca. "¡Más, Elara, más! Esto es solo el principio", gritaba, rompiendo rocas con una fuerza antinatural. Elara, viéndolo descender aún más en la locura, lloró: "¡Gareth, por favor! Este oro... te está cambiando. No eres el hombre con el que me casé".

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Un día, mientras excavaba más profundo que nunca, Gareth provocó un derrumbe. Rocas y escombros cayeron. "¡Gareth!", gritó Elara, abriéndose paso a través del túnel que se derrumbaba. Gareth, inmovilizado bajo una enorme roca, con su brazo dorado brillando inútilmente, gritó: "¡Elara, ayúdame! ¡No puedo moverlo!". La voz de la Bruja del Río resonó a través del caos. "Recuerda el sacrificio, Gareth. Cada regalo... exige un precio".

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Elara se esforzó contra la roca, pero esta no se movió. La desesperación la invadió. "¡No puedo, Gareth! ¡Es demasiado pesada!" Gareth, con el rostro contorsionado por el dolor y el terror, jadeó: "Recuerda... la bruja... dijo... una extremidad de igual valor..." Miró su brazo dorado, luego a Elara. "Elara... ¡córtamelo! ¡Sálvate! ¡Por favor, Elara, te lo ruego!"

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Con lágrimas corriendo por su rostro, Elara recuperó la sierra de su tallador de gemas, su hoja brillando en la tenue luz. "Lo siento mucho, Gareth. Lo siento mucho". Mientras se armaba de valor para poner fin al sufrimiento de Gareth, recordó lo que había dicho la física Marie Curie: "Nada en la vida debe ser temido, solo debe ser comprendido. Ahora es el momento de comprender más, para que podamos temer menos". Elara, la que ahora se veía obligada a ceder ante su propio punto de quiebre, tomó la sierra y comenzó a cortar.

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Con un último y agónico golpe, el brazo dorado se cercenó. Elara, debilitada pero resuelta, usó la extremidad liberada para mover la roca lo suficiente como para liberar a Gareth. Salieron tropezando del túnel, dejando atrás el oro y los restos destrozados de sus sueños. Mientras estaban de pie bajo la luz de la luna que se filtraba por la entrada de la caverna, un profundo silencio cayó entre ellos.

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Nunca volvieron a buscar oro, contentos con tallar belleza de simples piedras. Gareth aprendió a trabajar con una mano, su avaricia reemplazada por una tranquila gratitud por la vida misma. Y aunque el brillo del oro nunca se desvaneció por completo de su memoria, comprendió que la verdadera riqueza no residía en su posesión, sino en el amor que perduraba. La risa de la Bruja del Río aún resonaba en las cavernas, un recordatorio constante: la promesa brillante de la codicia a menudo deja a uno... con las manos vacías.