The Goose Girl at the Well

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En un reino tejido de sueños y acero, donde el Ferrocarril Onírico conectaba corazones adormecidos, vivía la Princesa Amara, prometida a un rey distante. Su viaje prometía poder, pero ocultaba un camino peligroso. A su lado estaban Falada, su leal caballo, y una malvada doncella, tramando traición. ¿Sucumbiría Amara a las sombras, o encontraría su verdadera fuerza frente al engaño?

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Amara se despidió de su madre, la Reina. "Recuerda, querida Amara, un corazón bondadoso es tu mayor fortaleza", dijo la Reina, apretando un relicario de plata en la mano de su hija. Dentro había una sola pluma de cuervo. Mientras el tren real avanzaba traqueteando por la vía férrea, la doncella, Greta, miró el relicario con envidia.

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"¿Tienes sed, Princesa?", preguntó Greta dulcemente, mientras viajaban por un tramo desolado del Ferrocarril de los Sueños. Amara asintió, con la garganta reseca. Greta la llevó a un pozo oscuro y cubierto de maleza, lejos del tren. "Si he de ser tu reina, lo traerás", siseó Greta, con la voz goteando malicia. Amara dudó, sintiendo una oscuridad aferrada al lugar.

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Falada, sintiendo el peligro, relinchó nerviosamente. "No me abandones", susurró Amara a Falada, con la voz temblorosa. Mientras se inclinaba sobre el pozo, Greta le arrebató el medallón de plata, arrancándoselo del cuello a Amara. "Ya no eres una princesa", escupió Greta, con los ojos brillando de triunfo. "¡Soy Amara, la legítima heredera!", protestó Amara, pero su voz fue ahogada por el viento.

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Greta obligó a Amara a intercambiar ropa y a tomar su lugar como una simple pastora de gansos, cuidando el rebaño a lo largo de la vía del tren. "Si revelas mi secreto, te mataré", amenazó Greta, con voz fría y aguda. Las lágrimas de Amara se mezclaron con el polvo. Recordó las palabras de su madre, que resonaban como una promesa lejana.

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Cada día, Amara guiaba a los gansos, con el corazón apesadumbrado. No se atrevía a hablar, por miedo a la ira de Greta. Un día, conoció a un amable pastorcillo llamado Liam. Él vio la tristeza en sus ojos, pero ella solo pudo ofrecer una débil sonrisa. Él preguntó: "¿Por qué estás tan callada? ¿Qué te aflige?".

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Una tarde, Amara buscó consuelo en el pozo, ahora ahogado por las malas hierbas. "Falada, se me rompe el corazón", susurró. Milagrosamente, la cabeza de Falada apareció sobre el pozo; el caballo la había seguido por el Ferrocarril de los Sueños. "¡Si tan solo pudieras hablar, querida Falada!", sollozó. "Como dijo Leonardo da Vinci: 'Nuestra mayor felicidad no depende de la condición de vida en que el azar nos ha colocado, sino que es siempre el resultado de una buena conciencia, buena salud, ocupación y libertad en todas las justas búsquedas'", recordó, buscando consuelo en sus palabras.

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Liam, al escuchar los llantos de Amara y ver a Falada, se dio cuenta de la verdad. Confrontó a Greta, quien lo negó todo. "¡Es una chica loca que dice ser una princesa!", chilló Greta. Pero Liam, al ver el medallón de plata apretado en la mano de Greta, supo que mentía.

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Liam llevó a Greta ante el Rey, que viajaba por el Ferrocarril de los Sueños para encontrarse con su prometida. Presentando el relicario de plata, relató la historia. Greta, expuesta, confesó su traición. El Rey, conmovido por la difícil situación de Amara, declaró: "Una verdadera princesa no reside en su título, sino en su corazón".

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Amara, restaurada a su legítimo lugar, perdonó a Greta, comprendiendo que la envidia había envenenado su corazón. Se casó con el Rey, gobernando con bondad y compasión. El Ferrocarril de los Sueños resonaba con historias de su justicia. Y así, Amara enseñó a todos que la corona más dorada no vale nada comparada con un corazón bondadoso.