The Ice Maiden

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En un reino anidado entre los pétalos de una rosa, vivía la Princesa Amara, cuyo corazón anhelaba calidez, y la Doncella de Hielo, cuyo toque traía el frío invernal. El Viejo Cardo, el cuentacuentos del jardín, advirtió sobre el corazón helado de la Doncella. Pero el manantial del jardín de rosas, la fuente de toda vida, había comenzado a congelarse. Amara sabía que debía aventurarse en las tierras heladas para buscar a la Doncella de Hielo y restaurar la vida en su hogar marchito.

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«Hace mucho tiempo —carraspeó el Viejo Cardo, con voz como de hojas susurrantes—, la Doncella de Hielo era una ninfa de primavera, llena de risas. Pero una traición le congeló el corazón. Ahora, llora lágrimas de escarcha». Amara trazó los patrones congelados en un pétalo de rosa. «¿No hay forma de romper el hechizo? —preguntó, con voz apenas un susurro—. Solo un acto de verdadera abnegación —respondió Cardo, con los ojos llenos de tristeza— puede descongelar un corazón helado».

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Antes de que Amara partiera, Thistle le entregó un pequeño espejo empañado. "Este espejo no muestra tu reflejo, sino la verdad que hay dentro", dijo gravemente. "Úsalo sabiamente". Advirtió: "La Doncella de Hielo solo ve la frialdad en los demás, pero los espejos muestran nuestro verdadero ser". Amara lo guardó en su cinturón, con el corazón latiéndole con una mezcla de miedo y determinación. "Lo intentaré", prometió, volviéndose hacia las tierras heladas.

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Las tierras heladas mordían la piel desnuda de Amara, cada paso crujiendo con escarcha. Un parche de flores de hielo florecía, sus pétalos brillando con una belleza gélida. Una voz resonó, como viento invernal: "Qué belleza... arranca una, pequeña rosa, y póntela en el cabello. Te mantendrá a salvo del frío". Pero Amara recordó las palabras de Thistle: "La Doncella de Hielo solo ve el frío".

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Amara se aventuró más profundamente, encontrando una cueva de brillantes cristales de hielo. En su centro, un montón de joyas relucientes yacían esparcidas. "Tómalas, pequeña rosa", susurró la voz, más fuerte ahora. "Son tuyas para que las tomes. Calor y riqueza más allá de tus sueños más salvajes". Amara miró fijamente las joyas, imaginando su reino restaurado. Pero algo la detuvo. Esto era codicia. "No", dijo, su voz temblorosa pero firme.

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Ella siguió adelante, llegando a un jardín congelado, donde esculturas de hielo de ninfas permanecían atrapadas en un invierno eterno. Una escultura se parecía a una versión más joven de la Doncella de Hielo, con el rostro congelado en un grito silencioso. "Libéralas, pequeña rosa", suplicó la voz, ahora teñida de desesperación. "Libéralas, y perdonaré tu reino". Amara dudó, su corazón dolido por las ninfas atrapadas. Para liberarlas tendría que usar el espejo... y solo tenía una oportunidad.

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Recordando las palabras del Viejo Thistle, Amara levantó el espejo. En lugar de su propio reflejo, vio una visión de la Doncella de Hielo, su rostro no frío, sino lleno de una tristeza insoportable. Amara comprendió. La Doncella de Hielo no era cruel. Simplemente estaba rota. Kai dijo una vez,

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Volviéndose hacia la presencia invisible de la Doncella de Hielo, Amara habló, con voz clara y fuerte. "No quiero tu calor ni tus joyas. Quiero entender tu dolor". Sostuvo el espejo hacia la escultura de hielo más cercana. "Veo tu tristeza. Veo tu soledad. No eres un monstruo". Mientras hablaba, una sola lágrima rodó por la mejilla de la Doncella de Hielo, una lágrima de agua pura.

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Las esculturas de hielo comenzaron a derretirse, liberando a las ninfas de sus prisiones congeladas. Las tierras escarchadas brillaron al regresar la primavera, su calor extendiéndose por el aire. La Doncella de Hielo apareció, ya no una figura de terror gélido, sino una ninfa con lágrimas corriendo por su rostro. "Gracias", susurró, su voz como nieve derritiéndose. "Me has mostrado lo que había olvidado: la compasión".

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El jardín de rosas floreció de nuevo, su manantial fluyendo con vida. Amara regresó, no con joyas ni calidez, sino con entendimiento. A partir de ese día, ambos reinos prosperaron lado a lado en paz, porque una princesa eligió la compasión sobre la codicia. Cuando le preguntaban sobre su coraje, ella siempre decía: "Como dijo Helen Keller: 'Las cosas mejores y más bellas del mundo no se pueden ver ni siquiera tocar, deben sentirse con el corazón'. La mayor arma es el entendimiento".