The Metal Pig

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En un arrecife donde la luz del sol apenas tocaba el fondo del océano vivían Coralia, una joven maestra, y Barnaby, un estudiante curioso. El viejo Capitán Aleta Roja, un lobo de mar canoso, contaba historias de tesoros olvidados, y el cerdo de metal, un enigma, rondaba su escuela construida dentro de un galeón hundido. Esta escuela de coral y secretos guardaba susurros de un pasado donde la codicia se encontró con la vasta indiferencia del océano. Su mundo, a la vez hermoso y peligroso, pronto se enfrentaría a una prueba de lealtad y avaricia.

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Coralia se ajustó las gafas de algas marinas. "Barnaby, presta atención", se rió entre dientes, "La historia no son solo fechas, son ecos". Barnaby, siempre el estudiante distraído, señaló. "¡Pero el Capitán Aleta Roja dice que el Cerdo de Metal es real! ¡Una estatua dorada que trae riquezas!". Coralia suspiró, "Las leyendas suelen ser más bonitas que la verdad, Barnaby".

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Redfin se inclinó, su único ojo bueno brillando. "¿Riquezas, muchacho? ¡Sí, y ruina! El cerdo fue hecho para un rey, que se obsesionó. "Recuerda lo que dijo Séneca", graznó, "Cada nueva posesión es una nueva preocupación". ¡El cerdo arrastró a ese rey y a su barco a las profundidades!" Escupió un chorro de salmuera al agua.

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Una mañana, una corriente brillante trajo un pergamino a la entrada de la escuela. Coralia lo desenrolló. "¿Un mapa?", preguntó. Barnaby jadeó. "¡Muestra la ubicación del Cerdo!"

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"Deberíamos dejarlo así", declaró Coralia, pero Barnaby discutió. "¡Pero piensa en la escuela, en el arrecife! ¡Podríamos arreglarlo todo!". Coralia dudó. "Algunos tesoros no valen su peso en tristeza, Barnaby", advirtió, con voz baja.

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Redfin, al oírlo, se rio entre dientes. "¿Dolor? ¡Bah! Yo te guiaré, muchacho." Esa noche, bajo un cielo sin luna, Barnaby y Redfin se escabulleron en un pequeño bote tallado en coral. "Coralia no entendería", murmuró Barnaby, "lo que esto podría hacer".

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El mapa los condujo a una trinchera completamente a oscuras. Redfin sacó una perla brillante. "Ahí está". Un portón enorme y oxidado sellaba la entrada a una cueva. Dentro, Barnaby lo vio: una estatua de cerdo hecha de oro puro. Sus ojos brillaban de forma ominosa.

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Mientras Barnaby buscaba el cerdo, Redfin lo agarró. "¡Mío!", gruñó, empujando a Barnaby a un lado. La cueva comenzó a temblar. "¡Redfin, detente!", gritó Barnaby. "¡Este oro está maldito!". Los ojos de Redfin se abrieron de par en par con codicia.

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Coralia, habiéndolos seguido, nadó hacia la cueva. "¡Barnaby, déjalo!", ordenó. Mientras Aleta Roja intentaba soltar el cerdo, la trinchera se derrumbó, enterrándolo. Barnaby y Coralia escaparon, dejando atrás el oro y al capitán.

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De vuelta en la escuela, Barnaby miró a Coralia. "A Aleta Roja le importaban tanto las riquezas que lo perdió todo". Coralia asintió. "Los verdaderos tesoros, Barnaby, son las lecciones que aprendemos y las personas con las que las compartimos". El fondo del océano estaba oscuro. Pero arriba, la escuela del arrecife brillaba con una nueva comprensión.