The Princess on the Glass Hill

En un reino tocado por la magia y ensombrecido por la duda, vivían tres príncipes, cada uno compitiendo por un premio más allá del oro: la mano de una princesa tan hermosa como la luz de las estrellas. Pero el camino a su corazón no estaba pavimentado con joyas, sino con una peligrosa escalada por la Colina de Cristal. Uno era valiente, otro era astuto, y el tercero, llamado Espen, era conocido solo por su amabilidad.

Los hermanos de Espen se burlaron de su naturaleza gentil. "Nunca la conquistarás con flores, hermano", rugió el primer príncipe, ajustándose el casco. "¡Ella quiere un héroe, no un jardinero!". El segundo príncipe sonrió con suficiencia, tirando de su capa. "De hecho, ella quiere ingenio y astucia. No, ciertamente, amabilidad". Espen suspiró. Sabía que no creían en él.

Adentrándose en el bosque al pie de la colina, Espen tropezó con una anciana, con el rostro surcado de arrugas y los ojos como pozos de sabiduría. "¿Perdido, joven príncipe?", graznó ella, apoyándose en un retorcido bastón de madera. "Busco a la princesa, pero temo que me falte la fuerza o la astucia para ganarla". La anciana sonrió con conocimiento de causa. "A veces, lo que parece debilidad es la mayor de las fortalezas".

La anciana le regaló entonces una manzana de oro, símbolo de la suerte, una brida, un obsequio que le permitía domar cualquier corcel, y una armadura brillante de plata.

Montando su corcel, un magnífico semental blanco, Espen comenzó su ascenso por la Colina de Cristal. Su hermano le había dicho que tenía que ser un héroe, era la única manera de llegar al corazón de la Princesa. Resbaladiza como el hielo, la colina desafiaba incluso a los caballeros más fuertes. Muchos lo intentaron, pero todos se deslizaron de vuelta. Espen, sin embargo, se mantuvo firme, su semental de paso seguro.

Al llegar a una meseta, Espen tuvo una visión de la princesa de pie en la cima. Pero cuando intentó alcanzarla, la manzana dorada se le escapó de las manos y rodó cuesta abajo. Angustiado, la vio caer, su oportunidad aparentemente perdida. "¡Oh, no!", dijo en voz alta.

De vuelta en el bosque, la anciana lo saludó.

Al día siguiente, Espen decidió no centrarse en el premio, sino deleitarse con el viaje. Una vez más, subió a la Colina de Cristal. Se detuvo para ayudar a un caballero caído, ofreciéndole una palabra amable. Compartió agua con un viajero cansado. Estos pequeños actos, aunque ralentizaron su ascenso, lo llenaron de una ligereza que no había sentido antes.

Al llegar a la cima, Espen encontró que la princesa no estaba impresionada por su velocidad, sino conmovida por la amabilidad que había mostrado en el camino.

Y así, Espen, el príncipe conocido por su bondad, ganó no solo una princesa, sino un reino, gobernando con mano suave y corazón generoso. Aprendió que la verdadera fuerza no reside en conquistar, sino en cuidar. Y el reino supo que la codicia no les había ganado nada, pero la bondad les había ganado todo.