The Rose Elf

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En un faro solitario, donde el mar pintado se encuentra con el cielo infinito, vivían Elara, la guardiana, y una pequeña Elfa Rosa llamada Lyra. Elara, atada a su lámpara, anhelaba un mundo más allá de las olas; Lyra, acurrucada dentro de una única flor carmesí, soñaba con un jardín lleno de rosas de todos los tonos. Pero una escalofriante profecía predijo que el anhelo de Elara convocaría una tormenta que podría extinguir toda la luz y que los deseos de Lyra solo traerían desamor.

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"Otro amanecer", suspiró Elara, su voz apenas un susurro contra el estruendo de las olas. Pulió la gran lente de la lámpara, un ritual diario, pero su mente estaba en otra parte. La monotonía del faro la estaba asfixiando.

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Lyra revoloteó hasta el hombro de Elara, su voz como el tintineo de pequeñas campanas.

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Una tarde tormentosa, una concha gigante llegó a la orilla, más grande de lo que Elara había visto jamás. Al acercarse, escuchó susurros que prometían pasaje a cualquier tierra que deseara, incluso al jardín perdido. "Imposible", pensó Elara. "Pero ¿y si...?" Lyra tembló. "Los viejos marineros hablan del canto de la sirena, Elara. Esta concha puede ser como el oro: hermosa pero engañosa".

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El caparazón pulsó con una luz cálida cuando Elara lo tocó. "Un simple intercambio", susurraron los susurros. "La luz de tu linterna por el paso al jardín perdido. ¿No es un precio pequeño?". Elara dudó. Sin la luz, los barcos chocarían. "No puedo apagar la lámpara", dijo con firmeza.

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Los susurros se hicieron insistentes, retorciendo los deseos de Elara hasta convertirlos en un arma. "¡Piensa en las rosas, Elara! ¡Piensa en la alegría que te espera! ¿Vale más la seguridad de marineros lejanos que tu propia felicidad?". Desesperada por silenciar las voces, cedió. "Apagaré la lámpara, solo por una noche. Solo necesito alejarme un rato".

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La concha transportó a Elara y Lyra a una cala escondida. Las rosas florecían en todos los colores imaginables, pero su belleza estaba empañada por espinas afiladas e implacables. "Es hermoso... pero tan peligroso", susurró Elara, extendiendo la mano hacia una rosa negra, solo para ser pinchada dolorosamente. Era un símbolo de su deseo de que la belleza se convirtiera en una maldición.

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La bocina de un barco sonó a lo lejos, un grito desesperado engullido por la tormenta. Elara jadeó, recordando su deber. "¡La lámpara! ¡Sin su luz, están perdidos!" Miró a Lyra. "Cometí un terrible error. Mi egoísmo ha puesto vidas en riesgo."

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Elara se lanzó a través del portal de concha. De vuelta en el faro, corrió hacia la lámpara y quitó una tela oscura que usaba para atenuar el brillo. La luz volvió a resplandecer, atravesando la tormenta. Una ola de agotamiento la invadió, pero el alivio inundó su alma. "La libertad no vale la pena si pone en peligro a otros", declaró.

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La tormenta amainó. Elara encontró una única rosa sin espinas floreciendo junto a la puerta del faro, un regalo de Lyra. Era una rosa sencilla, pero poseía más belleza que todo el jardín de espinas. Y Elara supo que el verdadero jardín que buscaba no era un lugar, sino un estado del corazón. Elara había aprendido que la independencia no se trata de escapar de la responsabilidad, sino de abrazarla.