The White Snake — Leer en español
Los títulos de las historias todavía aparecen en inglés; el texto de cada historia está en español.

En una biblioteca olvidada, donde las historias vivían en estantes antiguos, moraba Irmgard, una aprendiz de cocinera que anhelaba algo más que sus tareas mundanas. El Rey, un gobernante severo atormentado por la soledad, buscaba consuelo en suntuosos banquetes. Elara, la enigmática bibliotecaria, guardaba la llave de secretos incalculables. Pero una serpiente blanca, símbolo del conocimiento prohibido, prometía un cambio que podría elevarlos o destruirlos a todos.

Irmgard picaba verduras, con la mente lejos de la cocina. "Otro festín, otra noche de soledad para el Rey", murmuró. De repente, el cocinero ladró: "¡Irmgard! ¡Prueba el caldo!". Ella obedeció, encontrándolo insípido. Pero mientras probaba, comprendió el potencial oculto de las hierbas, el sutil equilibrio que anhelaban. El cocinero jadeó: "¿Cómo lo supiste?".

Esa tarde, Elara encontró a Irmgard fregando ollas. "Tienes un don, niña", dijo, su voz un susurro. "La habilidad de entender". Elara reveló un libro antiguo que detallaba el lenguaje de los animales. "El conocimiento puede ser una carga pesada, Irmgard. Úsalo sabiamente". Advirtió: "Algunas verdades es mejor dejarlas sin perturbar".

En el banquete, Irmgard sirvió al Rey. Él probó el plato y frunció el ceño. "¡Insípido! ¡Sin sabor!", rugió. Pero luego, hizo una pausa, un destello de comprensión en sus ojos. "No", admitió, su voz suavizándose, "habla de algo más. Un anhelo silencioso". Preguntó: "¿Quién preparó esto?".

El Rey convocó a Irmgard. Le ofreció oro para que se convirtiera en su cocinera personal. "¡Imagina", la instó, "no más fregar ollas, solo crear obras maestras!". Tentada, casi aceptó, pero luego recordó las palabras de Elara. "Debo declinar, Su Majestad", respondió ella, "el oro no puede comprar la comprensión".

Más tarde, Irmgard caminó por la biblioteca, inquieta. La serpiente blanca se agitó en su jaula de cristal. "Libérame", siseó, "y te concederé la verdadera comprensión, los secretos del Rey". Ella dudó, sus dedos temblaban cerca del candado. "Pero Elara me advirtió...", pensó, su miedo luchando contra su curiosidad.

Invadida por la curiosidad, Irmgard soltó la serpiente. Esta susurró: "La tristeza del Rey proviene de un amor perdido, una reina que desapareció en el bosque". La serpiente continuó: "Él esconde su memoria detrás de fiestas y oro". Conmocionada, Irmgard se dio cuenta de la verdad. Recordó la cita de Aristóteles: "Conocerte a ti mismo es el principio de toda sabiduría". La pregunta, ahora, era qué hacer con esta sabiduría.

Irmgard se enfrentó al Rey. "Su Majestad", declaró, "su reina no está perdida, sino escondida en su memoria". Ella le habló de la revelación de la serpiente blanca, de su dolor enterrado. Al principio, él se enfureció, descartando sus palabras como tonterías. Pero el recuerdo de su reina, su verdadero amor, comenzó a agitarse.

El Rey, al recordar, finalmente se derrumbó. Confesó su miedo, su culpa, su incapacidad para enfrentar el pasado. Se levantó de su trono, con lágrimas corriendo por su rostro. "Llévenme al bosque", suplicó. "Muéstrenme dónde desapareció ella". La esperanza brilló en los ojos de Irmgard.

Juntos, se aventuraron en el bosque. Allí, entre los árboles antiguos, el Rey no encontró a su reina perdida, sino la fuerza para aceptar su dolor. Regresó, ya no como un gobernante solitario, sino como un rey sabio y comprensivo. Irmgard, habiendo aprendido a valorar la comprensión por encima del oro, permaneció a su lado, su reino transformado por una única verdad prohibida. Y así, el oro que buscaba lo había cegado al amor que tenía.